sábado, 28 de abril de 2018

SOLDADOS


 


Soldados


He guerreado durante bastantes años.

Los suficientes para saber que

es imposible distinguir

a los jefes enemigos
de los jefes propios.

Hasta en los colores de los uniformes se parecen.

Gestos, actitudes, todo eso.

Y en las condecoraciones (sus respectivas chatarras son intercambiables;

también los pechos viriles y las medallas al valor).

Forman una única carne,

una casta fabricada

para mandar a la muerte

a desgraciados como yo

o ése que tengo enfrente, con parecido uniforme al mío,

apuntándome.

       (Antonio J. Quesada: de "Cuaderno poético del bolchevique sentimental")

jueves, 5 de abril de 2018

LEOPOLDO MARÍA PANERO SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Columna publicada en El Faro Astorgano el martes 3 de abril de 2018.



LEOPOLDO MARÍA PANERO SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA


Antonio J. Quesada
Profesor de Derecho Civil
Universidad de Málaga


El pasado 5 de marzo se cumplieron cuatro años de la muerte del poeta Leopoldo María Panero. El poeta maldito canónico del Siglo XX español (o el “raro”, antes que maldito, como le calificaría su biógrafo, Benito Fernández), superó todas las profecías que auguraban una temprana muerte y sobrevivió bastante más tiempo del que algunos vaticinaban. Pero su muerte, en 2014, no terminó con los problemas en torno a su figura, sino que ahora, tras su fallecimiento, quedaba por ver qué sucedía con sus cenizas, con sus pertenencias y con una posible masa hereditaria, en su caso. Leopoldo María Panero fue polémico incluso después de muerto, como sucede con los grandes personajes de la Historia. La familia por un lado, el sanatorio por el otro, parece que el hospital no daba su brazo a torcer ante los familiares del poeta, como parece lo natural. En 2016, en una anécdota muy española, se le nombró Hijo Adoptivo de Las Palmas, dos años después de haber fallecido. España es un país que suele maltratar a sus creadores en vida, pero que al morir les levanta estatuas, les dedica calles y discursos y les condecora con música de orquesta, y volvemos a lo que ya conocemos desde hace tanto, gracias a Juan Luis: “Y años después canonizado en revistas y libros / (excepto la alusión de Macrí), números de homenaje / y las calles de Leopoldo Panero / y las lápidas de Leopoldo Panero / y el premio Leopoldo Panero / y el colegio Leopoldo Panero / y tu efigie entre otras ilustres / en los muros solemnes del Ateneo  / y por fin esta estatua de Leopoldo Panero / que contemplo en un helado atardecer / mientras llueve a lo lejos sobre el Teleno”.
Judicialmente se debía aclarar el tema de los herederos, y de entrada era realmente difícil que existiera descendiente alguno, cuando nos encontrábamos ante un fin de raza como el que se vaticinaba en “El desencanto”. El poeta tuvo que someterse, después de muerto, a un proceso con ribetes kafkianos (pero sin la ayuda de Orson Welles), en el que la autoridad judicial, en primera instancia, no tenía clara la muerte de Felicidad Blanc y, sin pruebas ni gaitas, puso punto y final al proceso. Debía de ser la única persona en España que no había visto “Después de tantos años”, aquella película de Ricardo Franco no menos mítica que la de Chávarri, sobre los hermanos Panero. Fue algo parecido a lo que sucedió a Baltasar Garzón, cuando solicitó la declaración de fallecimiento del General Franco, quizás porque fue el único español que no escuchó a un lloroso Arias Navarro en televisión.
La Audiencia Provincial de Las Palmas, en segunda instancia, puso orden, declarando herederos a sus primos, capitaneados por la infatigable Charo Alonso Panero, que tan gran labor realiza junto a su esposo, el poeta y profesor Javier de la Rosa, a cargo de la Cátedra Leopoldo Panero. Por fin. Después de tantos años y de tanto desencanto. Por fin.
Tengo el placer de conocer a la mayoría de esos primos (el pasado año falleció Marisa, nuestra querida Marisa) y me consta que la sucesión de Leopoldo María está en buenas manos. En manos que le quieren. En las que tiene que estar, guste o no al resto del mundo, empezando por mí y terminando por quien quiera, que no teníamos lazos de parentesco con Leopoldo María, por más que le admirásemos.
Algunos diarios anuncian la intención de los herederos de enterrar a Leopoldo María en Astorga, en el coqueto cementerio en que ya descansan su padre Leopoldo, su tío Juan, su hermano Michi y su prima Marisa, entre otros familiares. Y hay quien, desde fuera, juzga y considera que eso de enterrarlo allí es bueno, regular o malo (evidentemente, si alguien se pronuncia es para criticar la decisión). Como si esa decisión correspondiera a alguien que no fuera a esos herederos. Como si los demás tuviésemos voz y voto en tan íntima decisión.
“Pagar mis deudas y enterrar a mis muertos”, se proponía como plan de vida Pepe Carvalho, y siempre que intercalemos gozar de los placeres de la vida, me parece una política muy sensata. Dejemos a la familia que decida conforme considere oportuno y sigamos leyendo y disfrutando con las obras de tan exquisito creador. Pero, como firmo este artículo, ejerceré de entrometido que se atribuye voz y voto: conociendo como conozco a los herederos y a Astorga, me parece la mejor decisión.
Leopoldo María Panero sí tiene quien le proteja. Leopoldo María Panero sí tiene quien le escriba.

domingo, 1 de abril de 2018