domingo, 18 de junio de 2017

"LA CRISIS". RELATO PUBLICADO ALGUNA VEZ POR ALGUNA PARTE


LA CRISIS

 

Antonio J. Quesada

 

¿Para qué sirve un escritor que no escribe?
 
Debo volver a tomar las riendas de mí mismo, pues esto no puede seguir así. Llevo más de un año sin escribir una sola línea, y no hay que darle muchas más vueltas al tema para concluir que no es un buen camino.
Soy escritor o, cuando menos, voy por la vida de escritor, y ya apuntaba Antonio Machado aquello de que debíamos guardar fidelidad a nuestra máscara (algo así ponía en boca de Juan de Mairena, si mal no recuerdo). Soy un escritor de bajos vuelos, también es cierto, pero en cualquier caso, escritor. Y, claro, no hay que estar muy enfrascado en el mundillo literario para preguntarse para qué sirve un escritor que no escribe.
Debo replantearme muchas cosas. Debo atajar la crisis.
 
También es verdad que en todo este tiempo sobrevino, además, el suicidio de Gema.
Gema, mi gran amiga de Internet. Gema, mi gran “ciber-amiga”. Mi auténtico “ciber-apoyo”, y no fui capaz de evitar, en la medida de mis posibilidades, la depresión que condujo a su suicidio.
¿Pude hacer algo más por ella? Siempre me quedará esa duda.
 
La pereza me puede, y no soy capaz de parir nada. Comprendo no poder escribir narrativa: la narrativa exige trabajo diario y constante, además de ilusión o confianza en tu trabajo, y es evidente que no tengo ahora la cabeza para todo eso. Si no creo en mí, ¿voy a ser capaz de creer en mi habilidad para desarrollar una trama?
Tampoco escribo teatro, por idéntica razón a la anterior y porque sé que nadie lo publicará, y tres obras inéditas y sin visos de publicación ya son suficientes para mi ego. Ya sé que se me puede contestar que no es justificación para no crear, que si Pessoa, que si Cervantes, que si la Literatura siempre sale a flote, etcétera. Vale, todo eso está muy bien, pero no tengo ánimo ahora para pensar en el sexo de esas mariposas.
Sin embargo, no alcanzo a entender por qué no escribo poemas, siquiera, cuando yo siempre he escrito poesía cuando la vida me ponía contra las cuerdas. Mi carrera poética está impulsada por ello, y más contra las cuerdas que estoy ahora es difícil estar. No entiendo mi parálisis. Sufro una crisis tan grave que ni poesía soy capaz de dar.
Preocupante.
 
Gema era un gran espíritu libre. La conocí en un foro literario en la red, y desde el principio nos caímos muy bien. Nos recomendábamos libros, nos intercambiábamos correos electrónicos a diario y nos ayudábamos a tirar adelante con nuestras respectivas miserias cotidianas. Ella escribía cosas, también. Pero, ante todo y sobre todo, era una gran sentimental.
Gema era muy sugerente. Más de una vez le dije “¡qué gran Sartre sería si tú fueras mi Beauvoir!”. Se reía. Nos reíamos. Una bobada. Como tantas otras.
Nos reíamos todo lo que puede uno reírse en un chat, claro. Pero ni un gramo menos, también es verdad.
 
En estos días en que me bloqueo pongo en duda, incluso, mi trayectoria. Realmente, ¿sirvo para esto de escribir o quiero vivir del cuento, nunca peor dicho? ¿Soy un escritor que merezca la pena? Lo dudo…
No quiero releer mis trabajos: me pesan como losas. Aunque encuentre en ellos destellos literarios, en su conjunto no me parecen salvables. ¿Por qué, entonces, debo llevar esa losa colgada del cuello? Una losa llamada obra. Cada vez que acudo a una presentación literaria, o cuando alguien me reconoce en algún sitio, mi obra me pesa demasiado. Es como si llevara todas mis miserias literarias atadas con una cadenita a mi muñeca izquierda.
Huir. Madrugo, desayuno y me voy a la estación de autobuses. Tomo el primer autobús que salga, y dedico mi día a pasear solo por la ciudad que toque, con la imposible tarea de huir de mí mismo. Leve.
Con la imposible tarea de no tener que cargar con mi obra a cuestas, al menos durante un rato. Soportable levedad.
 
Gema también estaba en crisis, y seguramente yo no supe estar a la altura de sus necesidades. Le afectaban demasiado las cuestiones sentimentales. Debajo de su coraza de mujer-guerrera era una persona tierna y vulnerable, y llevaba todo un rosario de fracasos amorosos que a veces compartía conmigo.
Yo se lo decía: “eres demasiado perfecta, los hombres se impresionan contigo”. No sé si era cierto, claro, pues cuando se conoce a alguien sólo por Internet es fácil idealizarle.
Pero algo de eso había, seguramente. Era una mujer fuera de lo normal.
 
Un viejo sueño: ser una especie de Rick en Casablanca, retirado de todo. Me explico: un tipo que rompe con todo lo que fue su vida, que carga con su historia a cuestas pero que la deja en el trastero de su negocio. Para que no moleste. De toda su trayectoria anterior sólo conserva lo mucho que ha vivido y sabe, así como un grado de cinismo impresionante. Me interesa.
Olvidar las querellas literarias, los problemas diarios, ser autosuficiente económicamente hablando (esto es fundamental para tratar de tú a tú a todo el mundo) y vivir mi vida al margen de casi todo. Sí.
Pero Rick también seguía teniendo su corazoncito, que seguía latiendo debajo de las toneladas de cinismo…
 
Llenaba su correo de mensajes cada vez que pasaban varios días sin noticias suyas. No era infrecuente.
La última vez fueron dos semanas, y supuse que debía de estar destrozada por algún nuevo desamor, por lo que le remití algunos mensajes. Recibí el siguiente correo:
“Estimado Señor: le rogaría que no siguiera remitiendo más mensajes a esta dirección de correo electrónico, debido a que la titular de la cuenta, mi hija Gema, falleció hace dos semanas. Estamos todos bastante afectados por su suicidio, y espero que entienda que no es agradable tener este volumen de mensajes de correo electrónico de parte de usted. Esperando que sepa comprender la situación de la familia, reciba mi más cordial saludo”.
Ante eso, uno no sabe cómo reaccionar. Bueno, sí. Hasta siempre, Gema.
 
He vuelto a escribir. No me parece bueno lo que he escrito, pero ya es un paso adelante. Seguramente, comienzo a superar la crisis.

lunes, 5 de junio de 2017

BREVE NECROLÓGICA DE JUAN GOYTISOLO



JUAN GOYTISOLO

Antonio J. Quesada

Juan Goytisolo ha muerto.
Un autor que, desde que comenzó a escribir, jamás dejó indiferente a los lectores, pero tampoco a las autoridades, que solamente con el tiempo le concederían algunos galardones (en 2014, el Premio Cervantes). Novelas, ensayos, cuentos, libros de memorias y de viajes, textos periodísticos, Goytisolo trabajó diversos géneros con gran estatura creativa e intelectual. Personalmente vuelvo con periodicidad a sus tomos de memorias (“Coto vedado” y “En los reinos de taifas”), que son como un fresco de él y de su época.
Espíritu inquieto, abandonó la España imperial del Centinela de Occidente para recalar en París (como tantas personas culturalmente inquietas). Llegó a Europa, por tanto. En París escribió y trabajó para Gallimard, estuvo próximo y se alejó del Partido Comunista de España (“el Partido”, en aquellos tiempos), vivió y se casó con Monique Lange, tuvo trato con los intelectuales más sugerentes del momento y, a la muerte de Monique, se estableció en Marrakech. Sus textos y opiniones sobre el mundo musulmán, la historia de España y de Europa y, en general, sobre política internacional, son un referente (generalmente van acompañados de polémica, claro). Pero no cabe duda de que si el mundo progresa suele deberse, en general, a los espíritus heterodoxos, como el de Juan. Y, ante todo, Goytisolo era un gran escritor. Que es lo esencial en un escritor: que ofrezca calidad de página.
Ha muerto Juan Goytisolo.

miércoles, 31 de mayo de 2017

PRENSA ESCRITA

PRENSA ESCRITA

Antonio J. Quesada

El otro día, en una biblioteca pública, abrí prensa escrita no deportiva. Como me parece noticia, pues lo hago público por aquí, pues a ratos soy así como exhibicionista (como si esto que escribo le importara a alguien...). Hacía mucho que no abría un periódico de papel (exceptuando la prensa seria, la deportiva): aunque por naturaleza me atrae el gesto (leo hasta los tarros de gel o los paquetes de patatas fritas, de esos que te suben el colesterol y tal), antes de abrirlo ya sé quiénes escriben y sobre qué escriben, por lo que prefiero ahorrarme el euro y los céntimos que cobran, mancharme las manos con algo más que tinta y perder mi tiempo. Ellos van a lo suyo, yo prefiero ir a lo mío, ya saben: "aquí todo el mundo va a lo suyo menos yo, que voy a lo mío". Sí. Incluso he dado de baja en Facebook a todo lo que huela a prensa local, salvo a amigos.
Me llamó la atención que aquello que miraba estuviera plagado de desconocidos: ni conocía a los jefecillos políticos locales a los que entrevistaban a bombo y platillo, ni a los opinadores, tan canónicos incluso en la engolada fotografía, ni sabía, siquiera, de lo que hablaban (de un socavón en no sé dónde, de que no sé quién recibía una medalla por el círculo de empresarios, de cofrades o de empresarios cofrades, del domingo de no sé qué sopa en no sé qué pueblo, de la feria de la tapa en Villaconejos de Arriba...). Nada. Vivo en Marte y no me pesa.
Aunque sé lo que hay que saber: que mi buen amigo Pedro Moreno Brenes escribe los domingos, Antonio Gómez Yebra los sábados, y me dio alegría encontrar a Juan Francisco Ferré en la parte de opinión, pues me alegra encontrar a personas que merecen la pena en esos papeles.
Pero, por lo demás, prefiero seguir con mi prensa deportiva, mis libros (mi gran ventana: ahora, la biografía de Václav Havel) y mi mundo. Aunque no conozca a quien gestiona no sé qué en la Diputación, que seguramente mandará mucho por la cantidad de veces que le sacan estos papeles.
Me entró la risa floja: tiene que ser divertido leer todo esos papeles en alguno de los aeropuertos de Nueva York, Londres, París o Tokio. Por ejemplo.

jueves, 25 de mayo de 2017

SOBRE LOS BÁRBAROS


 


Los bárbaros



Kavafis me enseñó

que ya no existían bárbaros,

y lo que él diga,

para mí,

tiene el máximo valor

en todo caso.

Sin embargo,

mirándome al espejo,

a veces dudo de su certeza:

¿quedará todavía algún bárbaro?

Es más,

¿acaso no seré yo el bárbaro?
               (Antonio J. Quesada, extraído del libro "Desde el otro lado del espejo")

domingo, 21 de mayo de 2017

RELATO "DOS CERVEZAS"

(Relato "Dos cervezas", publicado en el número 1 de la Revista "Refugios": https://refugiosrevistacul.wixsite.com/refugios/single-post/2014/01/01/Review-The-Traitor’s-Daughter-by-Angela-Griffin )






DOS CERVEZAS


Antonio J. Quesada


- ¡Pues qué alegría que nos hayamos encontrado, chico. Pero qué alegría…! –comenta, el muchacho moreno, sinceramente feliz, pasando el brazo por los hombros de su amigo y sin terminar de creer tanta casualidad.


- ¿Cuántos años hace que no nos vemos, Miguel? –responde el otro, también radiante de felicidad.


- Pues no sé, pero seguro que no menos de quince años –mira al cielo, cierra los ojos y hace cálculos mentalmente, susurrando algo, hasta pronunciar su frase.


-Quince años, chico. Un mundo… -mira hacia una cervecería conocida por su exquisita cerveza artesanal-. ¿Te parece bien si celebramos nuestro reencuentro como Dios manda?


- Me parece una idea estupenda –comenta, ante la sugerente propuesta, mirando el reloj y calculando mentalmente-. El mejor modo de celebrar un reencuentro es con dos cervezas.


Entran en la cervecería.




- Y entonces estudiaste Historia –comenta, mientras da un sorbo a la inmejorable cerveza que le acompaña.


- Sí, estudié Historia, hice el CAP (esto ha cambiado ahora, le llaman Máster de no sé qué) y saqué las oposiciones. Complicado, hacerlo a la primera, con tanto interino y tanta gaita, pero salió. Estuve dos años fuera, y ya estoy en la provincia.


- Qué maravilla, Miguel, yo sabía que ibas a lograr en la vida lo que te plantearas. Eras un alumno muy estudioso y trabajador.


- Bueno, sí, más trabajador que inteligente, la verdad. Pero también tuve mi pizca de suerte y ya está. Y cuéntame, ¿en qué andas tú?


- Pues por aquí y por allá… Un poco por aquí y un poco por allá, como soy yo. Recuerdas que escribía poesía, ¿verdad? Seguro que sí, que sabes que ya entonces me decían “el poeta”. Siempre en las nubes, capaz de crear armonía creativa y de responder con chispa en cualquier momento, pero muy mal estudiante.


- Hombre, mal estudiante no –interrumpe Miguel, como intentando contradecir, pero Pepe hace un gesto con la mano, como negando a Miguel.


- No argumentemos con eufemismos, Miguel: muy mal estudiante. Las cosas como son. Estudiar me aburría soberanamente y, al final, a gorrazos, aprobaba las asignaturas en septiembre. Pero así no se puede ir por la vida. Aprobé la Selectividad, me matriculé en Filología Hispánica, a ver si estudiaba a esas personas que antes (y con éxito) hicieron lo que yo intentaba: escribir Literatura. Pero abandoné, aburrido…


- ¿Y eso?


- Porque aquello consistía en memorizar nombres, títulos y fechas. Vamos, como hacían los alumnos de Derecho con sus códigos: ¿en qué se diferencia conocer los títulos y fechas de publicación de las obras de Miguel Hernández de recitar de memoria el artículo 612 del Código civil, por ejemplo? Por cierto, un artículo muy divertido, todo sea dicho.


- Hombre, visto así…


- Descubrí que tenía vocación de madre, no de ginecólogo. Abandoné Letras para poder seguir disfrutando de las Letras.


- Interesante argumento –Miguel da otro trago a su cerveza-. ¿Y qué hiciste?


- Bueno, como te decía, estuve por aquí y por allá. Vi mundo, escribí textos aquí y allá y he publicado trabajos en alguna revista literaria y ganado alguna cosita. He lavado platos en Londres y vasos en París, he vivido todavía no sé de qué en Roma (loco de felicidad, por cierto) y he huido de más de una ciudad alemana porque Alemania no está hecha para los bohemios (a pesar de la cerveza: mi cómplice, mi compañera, mi hermana; mi única aliada fiel en esta vida, la única que nunca me falló). He preparado kimchi en Corea, sushi en Japón y danggit en Filipinas (pez que me disloca desde que por primera vez lo desayuné en Palawan, con arroz; una mañana de resaca, frente al mar). En ningún sitio me han valorado ni las mujeres me han querido, en eso el mundo es unánime y no distingue de nacionalidades. Por eso he vuelto a casa, con el rabo entre las piernas. Por lo menos aquí hablan mi lengua, que no mi idioma, y el paisaje se parece al de mi infancia, aunque tampoco lo sea, ya, del todo, pues esto ha cambiado mucho.


- No será para tanto, hombre –Miguel le pasa la mano por el brazo derecho mientras razona-. No eres un derrotado. Eres imaginativo, divertido, fresco, creativo…


- ¿Y con eso se come? En fin, la única que jamás me defraudó fue ella –señala a la cerveza que tiene en la mano-. Por la cerveza –ofrece su vaso para brindar. Chocan. Alegres.




- ¿Cómo se llamaba aquel que iba siempre vestido de negro? –pregunta Miguel, divertido-. Aquel que tenía un grupo musical.


- ¿Te refieres al cucaracha? –pregunta Ernesto.


- ¡Sí, el cucaracha, qué personaje! –divertido-. Con sus melenas y su gabardina negra… ¿Te acuerdas cuando venía medio borracho a clase?


- ¡Cómo no! Si se mamaba media botella de menta antes de entrar….


- ¡De la petaquilla que llevaba! –interrumpe.


- ¡De la petaquilla que llevaba, sí! ¡Ja, ja, ja, ja, qué arte! –da una palmada en la mesa-. En el inmenso bolsillo de la gabardina esa que llevaba, que se podía quedar de pie sola, de la mugre que tenía…


- Ja, ja, ja, ja… Y cuando la profesora de latín le preguntaba y no tenía ni idea…


- Bueno, no hubiera tenido ni idea sobrio, imagina con ese chute de menta en el cuerpo a primera hora de la mañana…


- Y le decía, muy seria, levantando el dedo índice, “a ver, Oliva, si tiene suerte y le alcanzara la luz iluminadora”…


- Y él repetía, con ese acento algo gangoso que siempre tenía, “sí-se-ño-ra-a-vé-si-lle-ga-la lú-i-lu-mi-na-do-ga”.


- Ja, ja, ja, ja.


- Ja, ja, ja, ja.




- Qué dura es la vida, chico –comentaba Miguel, dando otro trago-. ¿Cómo se llamaba aquel que parecía un espárrago?


- ¿El de las melenas?


- Sí.


- Hombre, ese era Pepe, Pepe el heavy.


- ¡Pepe el heavy! ¡Es verdad, Pepe el heavy! ¿Te acuerdas?


- ¡Cómo no me voy a acordar! Vaya personaje. ¿Sabes que se alistó en el Ejército?


- ¿Pepe el heavy en el Ejército? –imposible de asumir-. Pues, de entrada, le pegarían un buen pelado…


- Yo creo que valoró qué le interesaba más, si su melena de Camarón de la Isla o poder manejar armas. Y tiró más lo segundo.


- Nunca lo hubiese imaginado de él.


- Pero creo que se salió, y anda por ahí, igual de largo y delgado, con el pelo corto y un hijo.


- ¡Un hijo! ¡La Virgen!


- ¿Tú no tienes hijos?


- ¿Yo? –Miguel dio un trago-. No, yo lo de traer niños al mundo, como que no me va... A lo mejor algún día, supongo. Llega un momento en que haces eso que hace todo el mundo: te casas, tienes hijos, comes arroz los domingos, etcétera. ¿Y tú, tienes hijos?


- ¿Tengo pinta de tener niños? –sonríe-. ¡Ni loco! Bueno, al menos, que yo sepa, claro. A lo mejor en Filipinas pude haber dejado alguno, pero tampoco lo sé con seguridad –su cara se torna pícara-. Si existe ese posible hijo filipino, ojalá aprenda “Mi último adiós” –pierde la mirada, como recordando-. “¡Adiós, Patria adorada, región del sol querida, / Perla del mar de oriente, nuestro perdido Edén!” –se detiene…- ¡Vaya, no recuerdo más! Espera, a ver si me acuerdo del final… -vuelve a repensar, y como con dificultad, sigue-. “Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía, / Amigos de la infancia en el perdido hogar, / Dad gracias que descanso del fatigoso día; / Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría, / Adiós, queridos seres, morir es descansar”.


- Qué belleza, chico. Supongo que es Rizal, ¿verdad?


- Efectivamente. Emociona –se seca los ojos-. Y mira que este tipo de poesía nunca me gustó, jamás podría escribir yo esto, pero… es que piensa uno en qué condiciones se escribió, y te pone los vellos de punta.


- Hemos hecho cada cosa por el mundo…


- Impresiona visitar Intramuros –nuevamente, lágrimas en su rostro.


- Por Filipinas –ofrece su jarra Miguel.


- Por Filipinas –choca-. Salamat!




- Pues confío en que volvamos a encontrarnos –salían a la calle. Miguel mira su reloj-. Bueno, chico, dame un abrazo muy fuerte –se abrazan-. Te acerco a algún lado, si tienes prisa…


- ¿Yo? A mí me sucede lo que a aquel poeta de “La colmena”: soy un hombre que no merece la pena que tenga prisa –sonríe, metafísico-. No te preocupes, voy caminando.


- De verdad que te acerco, hombre.


- No te preocupes, Miguel, para lo que me espera… Lo que me espera puede seguir esperando un ratito más.


- Eres incorregible.


- Será eso.




Se despidieron y se marcharon por caminos opuestos. Supongo que esto último era lo previsible.

viernes, 19 de mayo de 2017

DANGGIT



Danggit.
En Palawan desayuné en diversas ocasiones danggit con arroz y, aunque a las personas les suele parecer raro, me gustó bastante este extraño pez.
Tanto que lo incluí, como homenaje a mis queridas Filipinas, en un relato que se publicará en breve (no es el único homenaje a Filipinas: en el relato aparece también mi admirado e inevitable Rizal). "Dos cervezas", titulé el relato.
Pongo en boca de uno de los protagonistas el siguiente texto: "He lavado platos en Londres y vasos en París, he vivido todavía no sé de qué en Roma (loco de felicidad, por cierto) y he huido de más de una ciudad alemana porque Alemania no está hecha para los bohemios (a pesar de la cerveza: mi cómplice, mi compañera, mi hermana; mi única aliada fiel en esta vida, la única que nunca me falló). He preparado kimchi en Corea, sushi en Japón y danggit en Filipinas (pez que me disloca desde que por primera vez lo desayuné en Palawan, con arroz; una mañana de resaca, frente al mar). En ningún sitio me han valorado ni las mujeres me han querido, en eso el mundo es unánime y no distingue de nacionalidades".
Danggit, sí.