jueves, 17 de septiembre de 2020

RELATO "EL DIRECTOR DE LA REVISTA"

Se publica en la revista "Refugios" mi relato "El director de la revista". Todo un honor para mí.

https://refugiosrevistacul.wixsite.com/refugios/single-post/2020/07/29/el-director-de-la-revista?fbclid=IwAR1Dh_eM-0P3zNfqL6SS3WlXz1lawWM6HrB9kSY8h8863I-kCwdAw6exGMk


EL DIRECTOR DE LA REVISTA

 

Antonio J. Quesada

 

No eran ni las nueve de la mañana, pero yo ya estaba allí. Me gusta llegar a los sitios con antelación. Cada uno tiene sus manías.

Me hicieron sentar en un sillón y, como siempre, llevaba un libro para leer (algo de Sciascia, si la memoria no me falla). La espera es, de esa manera, más agradable.

Iban a dar las nueve y media cuando llegó el Director de la revista. Alto, fuerte y con una ostensible cojera, se acercó a su secretaria y ella señaló hacia mí. Cuchichearon algo y, poco después, él me hizo pasar a su despacho.

 

- Así que usted es Fidel Villanueva. Tenía curiosidad por conocerle, hombre –comentó, mirándome como quien disecciona a quien tiene enfrente.

- Yo también –contesté tímidamente, sin saber exactamente el porqué.

- Bien, vamos al grano. Mire, el relato que nos envió no nos interesa, vamos a empezar por ahí. Quiero que no se haga ilusiones sobre este tema.

- ¡Vaya por Dios! –contesté, desencantado. Otro revés más en mi laboriosa trayectoria de escritor mediocre. Otro clavo para mi ataúd literario. Sería mejor volver a mi trabajo en el banco, del que me había escapado esa mañana para esta reunión, dando por perdida la guerra creativa. Definitivamente, no servía para esto.

- Pero no le he hecho venir por eso, la verdad. Para que se haga una idea, cada semana decimos que no a unos treinta relatos, por lo menos. Publicamos sólo los que nos parecen dignos de ser publicados. Somos muy exigentes, pues para eso somos la Revista literaria más importante del país. Si tuviera que dar explicaciones a todo el que digo que no, no haría otra cosa en la vida.

- Ya –respondí, cortante.

- No quiero que se enfade, pero su relato no es bueno, literariamente hablando. Mire, las cosas en literatura se hacen bien o mal, y a usted, al menos en este relato, no le salen. No se lo tome a mal, pero es así. Deseo que en otros trabajos todo le salga mejor, de corazón se lo digo, pero en este relato no es así.

- No se preocupe, me hago cargo de la cuestión –le interrumpí.

- En fin, pero insisto en que no es por eso por lo que le he hecho venir. La cuestión es otra. Mire, quería hablar con usted porque su relato ofrece una visión de la guerra demasiado idílica, excesivamente irreal, y quería comentárselo personalmente, pues es un tema con el que estoy muy sensibilizado. Vamos a ver, hijo, perdone mi indiscreción, pero, ¿ha participado alguna vez en una acción bélica?

- Pues... no, la verdad –que me llamase “hijo” me descolocó un poco.

- Se nota –se le cambió la cara-. Mire, hijo, cuando uno ha escuchado silbar las balas, ha sobrevivido a varios bombardeos y a los disparos de francotiradores y se ha impregnado del olor a carne quemada que queda después de un combate, no puede mirar la guerra con esos ojos que usted utiliza en su relato. No. Su relato, si estuviese bien escrito, sólo podría interesar a quien jamás hizo la guerra. Alguien que haya combatido sabría claramente que usted habla de oídas, que esto que cuenta es imposible, y eso en literatura suele ser malo. En la Revista que dirijo no tiene hueco un texto como el suyo.

- Ya –contesté, con sequedad, herido en mi orgullo de escritor.

- Además, ningún teniente actuaría como su... ¿teniente Williams, se llamaba? –apunta, desinteresado.

- Williams, Harry Williams, sí –añadí.

- Harry Williams, es cierto. Le informo de que “su” Harry Williams ni ha existido hasta ahora ni existirá jamás, porque sería un teniente con un tiro entre las cejas desde que pusiera un pie en un cuartel. No tendría ni que entrar en acción contra el enemigo para ganarse el pasaporte para el otro barrio.

- Ya.

- Los personajes no son creíbles, hijo. Ni Williams ni ninguno de los otros. Por este camino no llegará usted lejos. Hágame caso: vuelva a casa y trabaje duro con sus textos, para ser un escritor. Pelee contra usted mismo: esa es la guerra de todo creador. No se proponga escribir mejor que otro creador: propóngase escribir mejor que usted mismo.

- Ya –cada vez me incomodaba más la charla.

- En fin, no quiero hacerle perder el tiempo ni perderlo yo. Simplemente quería darle un consejo, pues el tema que escogió me toca las fibras más íntimas: para escribir hay que documentarse bien, saber controlar los tiempos narrativos y, sobre todo, tener algo de madera como creador y adquirir oficio a base de trabajo –tras terminar esta frase, mirándome con algo de desdén, se levantó y me ofreció la mano-. Mucha suerte en la vida, hijo.

- Muchas gracias –me levanté, nos dimos la mano y salí.

Salí de la sede de la revista, camino de mi trabajo en el banco. Derrotado. Ninguneado como escritor. Con ganas de dejarlo todo.

 

Años más tarde conocí algunos detalles adicionales de aquella aventura: el Director de la revista era un ex-combatiente de no sé qué guerra perdida en alguna esquina del mundo, y mi relato le impactó negativamente. “No se puede engañar a los lectores de este modo”, dicen que repetía después de leerlo, indignado. “Tengo que hablar con este chico para decirle que a esto no hay derecho”, argumentaba solo, con mis folios en la mano, paseando por su despacho. Irritado.

Un ex-combatiente, claro.

Aunque todo eso solamente lo supe mucho tiempo después. Para ser exactos, después de ganar los primeros premios literarios con mis relatos. Con el tiempo, también llegarían el Premio Nacional y el Premio de la Crítica, entre otros. Pero eso sería, ya, bastante más tarde. También llegarían las entrevistas, las biografías, los reportajes y todo lo demás.

En todo caso, jamás olvidé a aquel Director que me irritó aquella mañana, pero del que tanto aprendí para afrontar el camino que decidí emprender en la vida.

 

 


viernes, 28 de agosto de 2020

CINE Y ENSEÑANZA DEL DERECHO: UNAS CLASES DE PELÍCULA

 Artículo publicado en "El Faro Astorgano" el día 28 de agosto de 2020. Inserto en las actividades del Proyecto de Innovación Educativa que coordino en la UMA sobre Cine y Derecho.

Todo un honor.



CINE Y ENSEÑANZA DEL DERECHO: UNAS CLASES DE PELÍCULA

 

Antonio J. Quesada

Profesor Titular Universidad de Málaga

 

 

La docencia evoluciona, del mismo modo que evoluciona la propia vida, pues el mundo entra en las Aulas inevitablemente, y es bueno que ello suceda. Las torres de marfil ya no se llevan, salvo en actividades excesivamente individualistas, y aún en ellas podríamos discutir sus bondades. El docente, en todo caso, tiene la carga de estar al día de lo que sucede más allá de los muros del centro docente, así como de todo aquello que pueda ser útil para llevar a cabo su tarea docente de modo más eficaz. En mi opinión, el docente debe contaminarse de vida y, ante todo, de cultura: es una estrategia pedagógica que provoca que el producto que se ofrece a sus alumnos sea de mayor calidad. Seguramente, un alumno que escucha nombrar a Luis Cernuda, García Lorca, Antonio Machado, Stendhal o Cela, aunque sea para hablar de artículos del Código civil o de la Ley de Enjuiciamiento Civil, empieza a familiarizarse con un imaginario que excede de lo que es el Boletín Oficial del Estado.

Inspirado por estas ideas, desde hace años intento ilustrar mis clases de Derecho civil con alusiones (y con verdadero trabajo prediseñado) conectado con Literatura, con Cine y con Música. Con Cultura. Es una estrategia como cualquier otra, pero especialmente enriquecedora, porque inocula Cultura en el alumnado. Si “cada maestrillo tiene su librillo”, mi librillo tiene versos, y eso imprime carácter. Evidentemente, el movimiento se demuestra andando, y va uno progresando e intentando que cada vez resulte más provechosa esta estrategia de “inmersión cultural” en clase. En mi modesta opinión, los resultados son gratificantes, al menos hasta hoy (recuerdo haber sistematizado esta metodología, con detalle, en una conferencia que impartí en Manila, hace varios años, y en algunas otras intervenciones por aquí y por allá). El mundo cultural está ahí, esperando a los docentes, como esas máquinas de bolas con regalo que hay en ciertos comercios, destinadas a los niños: espera que saquemos la bola adecuada para disfrutarla con los alumnos. En esta ola que intento surfear (la de la utilización de la cultura a la hora de explicar Derecho civil), el cine tiene una posición esencial. Valoro tanto el cine como fin que lo utilizo, incluso, como medio. En mi trabajo docente.

Trabajar con cine no es imprescindible para impartir docencia jurídica, no puedo negar lo evidente, pero… en mi modesta opinión, ayuda y enriquece. El cine es tan gráfico que, en un mundo como el actual, sirve para ilustrar adecuadamente cuestiones jurídicas concretas que se tratan en nuestros temarios de clase (y que, quizás, serían más complicadas de tratar sin la ilustración cinematográfica). Evidentemente, el docente debe saber escoger la película (o escena) con rigor y buen hacer profesional, y ser consciente de que esto que hace no es un divertimento, sino una estrategia que conlleva un modo gráfico de ilustrar alguna importante cuestión de un sesudo temario jurídico.

Al cine nada humano le es ajeno: tampoco el Derecho. El docente que quiera ilustrar con escenas de películas sus materias lo debe tener claro, para diseñar la estrategia. ¿Acaso no es más fácil entender lo que puede ser el daño medioambiental si se revisita una película como “A civil action” (S. Zaillian, 1998), o como “Erin Brockovich” (S. Soderbergh, 2000)? ¿No es posible ilustrar de manera insuperable la tutela judicial efectiva y sus implicaciones reflexionando con “Matar a un ruiseñor” (R. Mulligan, 1962) o con “Doce hombres sin piedad” (S. Lumet, 1957)? Entender el modo de funcionamiento de los títulos-valores puede resultar más accesible con “Plácido”, de Luis García Berlanga (1961), o la antigua regulación sobre incapacitación y el pago de impuestos con “Patrimonio Nacional” (1981). Ciertos aspectos del Derecho del trabajo pueden ser fácilmente entendidos si se tiene cerca “Novecento” (B. Bertolucci, 1976) o “Germinal” (C. Berri, 1993), e incluso Shakespeare y su “mercader de Venecia” nos pueden ayudar a aterrizar mejor en el tema del pago o cumplimiento de las obligaciones. Cito algunos casos especialmente gráficos: hay muchos más. Pero con esto que comento queda ilustrada la idea que trato de esbozar: el cine puede ser muy útil al profesor de Derecho, en sus clases.

Sabedor de que esto es así, no solamente pongo en práctica esta convicción, sino que coordino en mi Universidad un Proyecto de Innovación Educativa sobre la cuestión, y estamos trabajando y formándonos en todo ello, para poder ofrecer cada día un mejor trabajo y una estrategia más meditada. Resulta muy sugerente e ilustrativo, para un jurista, leer el cine con una mirada jurídica. Y bien acompañado, todavía más.

El docente debe estar concienciado de la eficacia de esta estrategia, y también debe ser lo suficientemente diligente como para lograr que sea fructífera en clase. Cuando se consigue, la sensación es muy gratificante. Y excede de lo que significa explicar una materia en una clase de Derecho: Atticus Finch-Gregory Peck ha despertado más vocaciones jurídicas que cualquier Salón del Estudiante de cualquier Universidad al uso, y Frank Galvin (aquel abogado alcohólico al que daba vida Paul Newman en “Veredicto final”, S. Lumet, 1982) o Jessica Lange en “La caja de música” (Costa-Gavras, 1989) seguramente han inspirado a muchos estudiantes de Derecho en sus mejores ensoñaciones profesionales. Hemos nacido, como Alberti, con el cine: respetadnos. Si no somos capaces de escuchar hablar de “la parte contratante” sin imaginar a Groucho Marx, el primer paso puede estar dado.

En fin, que a la vista de lo repasado, el cine puede ser muy útil para enseñar Derecho. Me consta: salen unas clases de película.

 

miércoles, 12 de agosto de 2020

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO

 https://www.abc.es/cultura/abci-gece-celestino-retaguardia-202008120048_noticia.html#ancla_comentarios

viernes, 7 de agosto de 2020

EL POETA CRÍPTICO

 

EL POETA CRÍPTICO

Para Antonio J. Quesada

Escribe bien y lo sabe,
pero no quiere saberlo,
no sea que tenga que hacerlo
cuando no quiere. Lo grave
no es hacerse con la llave,
sino abrir o no la puerta.
¿Salir a la calle incierta
para saber que no hay
más que un torpe guirigay?
Mejor solo. En casa. Alerta.

                          (José María Prieto)

martes, 28 de julio de 2020

MIS TRABAJOS CIENTÍFICOS RELACIONADOS CON LOS CREADORES DE LA FAMILIA PANERO


https://www.sintesis.com/literatura-212/recepci%C3%B3n%20y%20canon%20de%20la%20literatura%20espa%C3%B1ola%20en%20el%20cine-ebook-2456.html

https://editorial.tirant.com/es/libro/leopoldo-maria-panero-los-limites-de-la-palabra-poetica-clara-isabel-martinez-canton-9788417706685


martes, 21 de julio de 2020

ABLUCIONISTAS

La página "Ablucionistas" recoge unos textos míos.
Todo un honor.

https://ablucionistas.com/antonio-j-quesada/?fbclid=IwAR1tybkjV-ZHlmX9k0Mr3-5Ucubek55mqT6-DguprGgjSy358oDgAs7_1bI


lunes, 20 de julio de 2020

RAZONAR EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Se publica en el número 6 de la Revista "Cosas insignificantes" mi colaboración, "Razonar en los tiempos del coronavirus".
Todo un placer.

https://mega.nz/file/6gliXCia#kjOrOiol1uYhVUGou9XzyhwZNqFegi28ojnrmUM2f94



RAZONAR EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS


Antonio J. Quesada

El ser humano cree, en condiciones normales, que es capaz de controlar su existencia. Quizás porque en líneas generales, no puede negarse, suele ser así: cada vez vive más años y en mejores condiciones, se desplaza a mayor velocidad por este planeta mal llamado mundo, es capaz de razonar y de utilizar los avances científicos y de todo tipo en su propio beneficio, ve la muerte como una cosa lejana que, generalmente, sucede a otros, etc.
Pero todo eso puede ser engañoso.
Sí.
Basta que un volcán entre en erupción para que se tambalee esa pretendida certeza de que somos capaces de controlar plenamente nuestra existencia.
Basta que una ola gigante (ahora, de un tiempo a esta parte, siempre la llaman tsunami) se precipite sobre la tierra para que dudemos.
Basta que un animal desproporcionado nos agobie para que salten todas nuestras alarmas.
Basta que la enfermedad se cebe con nosotros para que nos descoloquemos. En tal caso, ni nuestros códigos (penales, civiles e inciviles) sirven para mucho, ni nuestro aparataje conceptual y filosófico nos salvan de la posible catástrofe, ni nuestros dioses suelen acudir velozmente en nuestra ayuda. Estamos en manos de sabios con batas blancas que, utilizando palabras griegas, hacen con nosotros lo que quieren, siempre por nuestro bien.
En todos esos casos estamos desnudos. Y somos muy pequeños (¿para qué sirven nuestros títulos académicos, medallas, galardones, etc., frente a esto?). Y, lo que es más complejo de asimilar, si uno no es completamente bobo, además es consciente de todo. Lucidez, amargo peso (“la lucidez lo arruinó todo”, escribí alguna vez en un poema justamente olvidado).
Estábamos haciendo planes sobre viajes, vacaciones, relaciones personales, trabajo… Y en eso llegó el coronavirus.
Y dio la vuelta a todo. No quedó más remedio que ser conscientes de nuestra pequeñez. Asumir que ese bicho malvado era capaz de paralizar nuestra vida, de encerrarnos en casa y de lograr que economizáramos besos, abrazos y todo eso que hace la vida más soportable y, a ratos, incluso bonita.
¿Seremos capaces de seguir pensando que somos dioses? No. No es posible. Ya no. El bicho nos priva del placer, pero espero que no nos prive de la necesidad de gozar.
Pero, en todo caso, razonar en los tiempos del coronavirus exige ser consciente de que algo se ha quebrado. Ser conscientes de nuestra pequeñez.
Y, cómo negarlo, de que el fuego sagrado nos ha sido arrebatado. Si es que alguna vez fue nuestro.