lunes, 16 de noviembre de 2015

Con Juan de Mairena por Catalunya

Con Juan de Mairena por Catalunya

                                                                (Antonio J. Quesada)



Cuando uno ejerce como columnista de prensa intenta parecer ilustrado y sin pelo de la dehesa: aparenta que sabe lo que pasa en el mundo, cita la BBC, la CNN o algún periódico escrito de Nueva York o Londres, da a entender que conoce los trabajos del último politólogo de guardia en Berkeley o está “a la page”, que creo que dicen los franceses. Utiliza escrupulosamente las palabras de su tribu y emite las señales que se consideran correctas para seguir en su ronda de tertulias-columnas-opiniones-dogmas. Viviendo de la opinión, generalmente de vuelo gallináceo y plagada de tópicos, y defendiendo a su señorito, sea el que sea.
Intento que no sea mi caso: cumplidos los cuarenta años ya soy plenamente responsable de mi (más)cara y me gano la vida de otro modo, por lo que no debo recurrir a toda esa cacharrería para comer al día siguiente o para que me toquen palmas por aquí y por allá y me inviten a la Feria de Sevilla o a eventos oficiales. Nadie me va a quitar la columna en el periódico, pues no la tengo, y a estas alturas no busco el aplauso de nadie (estoy bregado en la indiferencia y el desprecio, no pasa nada por estar solo: no es novedad).
Recientemente, mientras en el Parlament de Catalunya rompen y/o fabrican patrias o no sé qué hacen exactamente, me fui de paseo con mi maestro Juan de Mairena por Catalunya, a inventariar los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa (en aquest cas, al carrer). Pasamos un buen rato, porque soy un gran amante de Catalunya i de la seva cultura. Y más todavía de mi Maestro, el incomprendido Mairena.
Hacíamos repaso de sucesos de actualidad en la zona, y ningún colectivo quedaba indemne. Por eso nos reservábamos para nosotros los comentarios, pues tampoco queríamos tener más líos de los que ya tenemos. Y, como ninguno de los gallos del corral salía bien parado de nuestros comentarios, teníamos todas las papeletas para que nos llovieran las tortas por todas partes.
Así, nos acordábamos de los soberanistas, y coincidíamos en que el patriotismo demasiadas veces (tampoco siempre) suele ser el último refugio de los canallas. Recordábamos cómo envolverse en banderas, esos trapos de colores que todo lo tapan, suele ser una huida hacia adelante para camuflar otros problemas (incluso corrupciones). Que si hay algo sagrado no es la Patria o la Unidad de la Patria o la Independencia de nuestra Patria, sino la democracia real y efectiva y el bienestar de la población (lo otro es convertir en metafísica una cosa administrativa). Que incumplir las leyes, abiertamente, no es una salida que suela tener visos de prosperar, y poco se construye de esa manera (pues la sartén la tiene por el mango otro). Que con menos del cincuenta por ciento de población a favor de una idea es muy atrevido lanzarse a todo trapo por ese camino (opción perfectamente respetable, por otra parte, pero no abrumadoramente mayoritaria). Que no nos gusta el concepto de nación, pues no es jurídico, y sí el de Estado, que sí lo es. Que aceptamos lo de la nación porque en fin…, pero que no nos gusta un concepto que parte de la base de que tú te consideras algo para que el resto del mundo te empiece a considerar también ese algo (pactamos, incluso, que a partir de ahora nos íbamos a considerar guapos a rabiar en todo foro en que alguien nos escuchara, a ver si así encandilábamos a las damas presentes, para que aceptaran nuestra condición de bellos).
A los no independentistas también los recordábamos, y pensábamos que había muchos que daban el abrazo del oso a la Patria, desde otro nacionalismo pero en sentido opuesto (la Unidad de la Patria es sagrada: no, amigos, sagrado es el bienestar de la gente, y luego lo articulamos administrativamente como sea). España, ese experimento que podía ser enriquecedor, es mucho más que Castilla y unos michelines folklóricos. ¿Por qué empobrecerla, reduciéndola a eso? La escasa sensibilidad hacia otras lenguas estatales y otras culturas estatales y, a lo mejor, hacia otras naciones dentro del Estado (¡ay, otra vez el concepto de nación, aplicado a España o a quien sea!), nos empobrece a todos. España no es un cortijo monolítico vigilado por la Guardia Civil, sino que debe ser un enriquecedor crisol, un rompeolas de lenguas, culturas, músicas y tierras. Debemos respetarnos, no tirarnos el concepto de Ley a la cabeza (ojalá lo hubiesen defendido con tanta firmeza en tantas otras ocasiones). Además, sería un grave error que, después de comprobar que casi la mitad de los votantes catalanes quiere directamente la independencia (no es un invento de Mas, esto, sino la utilización política de un sentimiento legítimo, se comparta o no), todo siguiera igual. Eso no puede ser: es un error y es injusto. Ya sabemos que hay que aplicar la Ley (ojalá la defendieran en todo caso con tanta vehemencia, repito e insisto), pero… ¿qué proyecto ilusionante se ofrece para estas personas que están en otra onda tan distinta, y a las que espero que no lancen al aigua? ¿No será que toca seducir y lo que quieren es violar, aunque siempre conforme a la Ley? Vencer, pero no convencer. No. No nos gusta eso. No. Ni a Mairena ni a mí.
Se está poniendo la cosa fea, porque no se ha sido capaz de reconducir la situación. Y en esta obra de teatro ya todos tienen su papel asignado en un guión con pinta de inamovible. Y seguirán como los teólogos del cuento de Borges: interpretando su papel y peleando hasta la muerte sin saber que ocupan el mismo cuerpo. Y Mairena y yo, incapaces de influir en lo más mínimo en todo este jaleo, sabedores de que lo primero que vuela en una guerra son los puentes (y de que todo combatiente te considerará del bando contrario), decidimos irnos a pasear por el puerto. Acercarnos a la mar, que no siempre es el morir, y enterarnos de cuándo sale el primer barco para donde sea.


 http://opinion2.tribunandaluza.es/antonio-j-quesada.html


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