viernes, 27 de marzo de 2015

SOBRE "POEMAS PÓSTUMOS", DE JAIME GIL DE BIEDMA



Acaba de publicarse el número 27 de "Manual de Uso Cultural". Participo con este breve comentario sobre el último libro de poesía publicado por mi admirado Jaime Gil de Biedma (después vendrá, ya, alguna antología y la poesía completa). Agradezco a Miguel Pradas que contara conmigo para este número.

 
“POEMAS PÓSTUMOS”

Antonio J. Quesada

“Poemas póstumos” (1968) es el último de los libros que componen la obra poética completa de Jaime Gil de Biedma (JGB), el poeta que siempre prefirió ser poema. En 1969  aparecerá la antología “Colección particular” y, ante todo, la mítica recopilación de la poesía completa en “Las personas del verbo”, Seix Barral, ediciones de 1975 y 1982 (otras antologías llegarán con el tiempo; con el tiempo llegan tantas cosas…). El poeta de la experiencia bien entendida (Langbaum bien metabolizado), del poema como simulacro de la propia experiencia real, echa el cierre poético, como quien dice (aunque los “Poemas póstumos” tendrán más vida de la que sugiere su rotundo título, con tres versiones: 1968-1975-1982). Menos mal que, como le escuché a Juan Manuel Villalba, la poesía no se mide por quilos sino por quilates, pues la poesía completa de JGB cabe en un librito de bolsillo. Estamos ante la mejor poesía española de la segunda mitad del Siglo XX, según Álex Susanna y, desde luego, una de las más sugerentes para los nuevos creadores. Muchos quilates. Pero cada nuevo libro que JGB no publicaba agigantaba su leyenda, como apuntó Dalmau. “¿Por qué no escribe?”, le preguntaban con frecuencia. Solía responder: “¿Por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer”.
Esa renuncia a seguir escribiendo puede deberse a que la poesía de JGB fue el resultado de la invención de una identidad: una vez asumida nada excita menos la inspiración que aquello que eres. Y en “Poemas póstumos”, el autor de “Compañeros de viaje” y “Moralidades”, autor de míticos poemas como “Infancia y confesiones”, “Por lo visto”, “Apología y petición”, “A una dama muy joven, separada”, “Años triunfales” o “Pandémica y Celeste”, que ha dedicado su atención poética a la crisis de la adolescencia, a la crítica de la sociedad que le toca o a la mala conciencia social (se avergüenza de los palos que no le han dado, incluso), entre otras cuestiones, nos regala en 1968 su última colección de versos. Colección en la que su voz se amarga, en la que el “yo poético” acude al encuentro de su decrepitud con espíritu algo fatigado pero con la mente inhumanamente lúcida, preparado para el “harakiri” poético en plenitud de facultades. En este último libro, de una musculatura interior más intensa (lo social desaparece), encontraremos textos no menos míticos en su obra, como “Contra Jaime Gil de Biedma”, “No volveré a ser joven” (“el mejor poema que he escrito en mi vida”, aseguraba JGB), “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma” (medio material para ejecutar al “yo poético” y evitar el suicidio de la persona), “Conversación” (¡ay, Isabel, niña Isabel!), “Son pláticas de familia” (dirigido a ese padre a quien gustaban más los primeros poemas, pues le recordaban a García Lorca), “Himno a la juventud” o los descarnadamente lúcidos “De senectute” y “De vita beata”. El “yo poético” decide que ya no es necesario otro poema más, eso que nos parece imprescindible cuando somos jóvenes, pues venimos a llevarnos la vida por delante. Pero es evidente: no volveremos a ser jóvenes, ¿es necesario recalcarlo? En la obra, el yo que muere siente nostalgia de lo que fue (no sé si la nostalgia es un error, pero suele ser ineludible y, bien dosificada, incluso revitalizante) y el nuevo yo pretende afirmarse en este honesto viraje vital hacia no se sabe dónde, pero seguramente irreversible.
Es inevitable que, en este devenir, no sólo muera el Jaime Gil de Biedma poético que vertebró la obra de JGB, sino que también el entorno del poeta se va convirtiendo poco a poco en el Monte de las Ánimas: su sirvienta Modesta, su padre (¡ay, su padre!), Gabriel Ferrater, acaso Bel (en el inolvidable poema “Conversación”), provocan que la voz del poeta hable para sí mismo más que nunca. Aunque dicha voz venga en buena compañía (¿compañeros de viaje?) por los efluvios literarios que apreciamos en los versos (Dante, Góngora, Cernuda, Pavese, Eliot, Mallarmé, entre otros).
“Poemas póstumos”, la última entrega de un poeta imprescindible para nuestra educación sentimental.

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