sábado, 15 de mayo de 2021

DON MARIO BENEDETTI, OFICINISTA

 Se publica en el número 16 de la Revista Sur mi texto "Don Mario Benedetti, oficinista". Homenaje al gran escritor uruguayo sin el que no sabría explicarme a mí mismo.

http://www.sur-revista-de-literatura.com/Monografia16.html


Don Mario Benedetti oficinista

 Antonio J. Quesada

aqs@uma.es

 Mario Benedetti es un creador excesivamente poliédrico, y resulta imposible encerrarlo en cuatro clichés o un par de párrafos más o menos desestructurados (aunque haya quien lo minimice de ese modo, con excelente diligencia). Personalmente le considero un referente en el ámbito de la poesía (aprendí de sus textos que se puede ser poético sin ser enrevesado o artificialmente barroco, aunque no se ganen premios con ello), en la narrativa (vuelvo a sus novelas y, sobre todo, a sus cuentos con religiosa periodicidad) y en el teatro, y en todo caso miro sus textos de opinión con interés.

Escribir sobre Benedetti implica tener que escoger una faceta de Don Mario (solamente añado el “Don”, en la vida, a quien considero que se lo merece), pues es muy versátil. A Benedetti se le utiliza como ariete en el plano político, como sucedió con Machado, y no sé si eso es bueno, aunque seguramente es inevitable. Para quedar como el más progre en redes sociales (antes estas cosas se hacían en el salón: ahora, en redes sociales) seleccionas una buena foto de Benedetti, escoges algún poema especialmente político de los suyos y ya está: ya has hecho la revolución desde la terraza de tu casa, sin implicarte demasiado; mirando al mar con el gin-tonic en la mano y la conciencia perfectamente tranquila.

Personalmente me interesan mucho sus textos sobre el trabajo en las oficinas, y todo lo que conlleva la oficina como metáfora (una oficina dentro de esa gran oficina que es Uruguay: “la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de República”). “La oficina como problema”, podríamos escribir si perteneciéramos a la Generación del 98. No puedo evitar sentirme muy identificado con el humanismo que se destila en esos trabajos, y como los textos sobre el exilio, las torturas, el compromiso político y tal y cual están ya muy sobados, me quedo con la oficina como metáfora (además, no estoy por la labor de levantar el andamiaje de una leyenda épica falsa defendiendo que me identifico con la lucha, con el exilio, con el combate directo, etc.; eso lo dejo para quien tenga que hacer méritos).

No hablaba de oídas, Don Mario: comenzó su carrera de oficinista como vendedor de repuestos de automóviles para Will L. Smith, S.A., y siguió por aquí y por allá, trabajando o haciendo como que trabajaba, que es lo que se suele hacer en una oficina, flotando en una piscina de rutina, mediocridad, resignación e, incluso, sumisión, como nos enseñara Paoletti. Una trayectoria en primera persona de la que no quiero recordar las penurias con Raumsol pese a que también entrarían en la hoja de servicios, y sí quiero rememorar el sueño dorado del funcionariado, un trocito de Paraíso al alcance de personas como nosotros y de Don Mario.

Podemos espigar textos sobre el ambiente de las oficinas en diversas obras de Benedetti, pero como apuntara José Emilio Pacheco en el prólogo a los Cuentos Completos publicados por Alfaguara, hay un diálogo temático evidente entre su libro de cuentos “Montevideanos”, “Poemas de la oficina (1953-1956)” (el libro que le regaló, por primera vez, fama), la novela “La tregua” y el ensayo “El país de la cola de paja” (libro que, desde 1973, se negará a reeditar). ¿Cabe más versatilidad en un creador? Tratamiento del mismo tema por tierra, mar y aire. Quiero dialogar con los relatos de “Montevideanos” y “Poemas de la oficina (1953-1956)”, en mis reflexiones.

De entrada, no cabe duda de que es duro trabajar en una oficina, sobre todo si es privada. El funcionariado tenía ventajas, pues no se iba al paro jamás, aunque también tuviera inconvenientes, como los escasos aumentos de sueldo (relato “El presupuesto”, esencial para apreciar las cualidades del “género oficinesco”, como apuntara Paoletti).

Pero, en todo caso, si algo se enseñorea con la labor del oficinista es la rutina (relato “El presupuesto”). Todo está tan planificado allí que “es raro que uno tenga tiempo de verse triste: / siempre suena una orden, un teléfono, un timbre, / y, claro, está prohibido llorar sobre los libros / porque no queda bien que la tinta se corra” (Poema “Angelus”).

El cansancio agota al trabajador (“cansados como animales”, describía a la pareja en el relato “Sábado de Gloria”, cuyos protagonistas veían el domingo y la posibilidad de descansar más tiempo en la cama como un regalo). Y se debe asumir el riesgo de que el amor se convierta en costumbre, como se apunta en el relato “Almuerzo y dudas” (los “veinte años de pobres besos en el comedor” a los que aludiera en su relato “Los novios” inciden en ello). “El cielo de veras que no es éste de ahora / ese cielo de cuando me jubile / habrá llegado demasiado tarde” (Poema “Después”). La jubilación: el gran sueño de todo oficinista que se precie.

La sonrisa que seguramente exhibiera el oficinista antes de incorporarse a este trabajo podía haberse convertido, quince años después, en una mueca (relato “Almuerzo y dudas”): una “sonrisa sin alegría, la mueca amable, desanimada” (relato “Los novios”). Ni nos acordamos de la felicidad, ya. Hace tanto tiempo de todo aquello…

En todo caso, no es fácil de conseguir, la felicidad: se tiene una idea de ella, pero luego se aceptan correcciones a la misma y, cuando se han hecho todas las correcciones posibles, “uno se da cuenta de que se ha estado haciendo trampas” (relato “Almuerzo y dudas”). Es inevitable, para sentirnos vivos, que exista un deseo de una vida diferente, con alguna pasión u odio que ofrezca estímulo (relato “Los novios”). Algo que permita concluir que sentimos y, por tanto, que seguimos vivos. Que no nos obligue a defender “aquella esperanza que cabía en un dedal” (Poema “Sueldo”). “Recuperar el mar”, “mirar el cielo estéril / y encontrarlo cambiado” (Poema “Licencia”). Sí.

Quizás sea interesante, para no desesperarnos, que en casa no exista “el hábito de llamar a las cosas por su nombre” (relato “Los novios”), pues es un primer paso para huir de la realidad. ¡Ay! “Quien me iba a decir que el destino era esto” (Poema “Angelus”).

Por ello, no extraña “la monolítica seriedad de un hombre que se aburre, pero que está orgulloso de su aburrimiento” (relato “El resto es selva”). “Debo juntarme / con mi aburrimiento”, leemos en el poema “Elegía extra”. El aburrimiento como sucedáneo de la tranquilidad, con inevitable riesgo: nos podemos cosificar, hasta el punto de morir por auténticas “ganas de morir”, por “enrarecido hastío” (relato “No ha claudicado”). ¿Seguiremos adelante? Quién sabe. “Uno tiene sus sueños y en los sueños uno jamás es rudimentario” (relato “Los novios”). “¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano” (relato “Los pocillos”). Consumamos el opio que nos resulte más afín.

En último término el oficinista tendrá que asumir el peligro: “Se agacha demasiado / dentro de veinte años / quizá / de veinticinco / no podrá enderezarse” (Poema “El nuevo”). Y si algún día vemos al hijo del jefe por allí, no nos llamemos a engaño: “Después de todo / sólo dice “papá”. El año que viene / dirá estádespedido y noseaidiota” (Poema “Kindergarten”). Sí. La obra de teatro de la vida funciona de ese modo.

Me atrae el “Benedetti oficinista”: no solamente es un Genio creativo, sino que sabe perfectamente de lo que habla, como nos consta a los que, de algún modo, podemos sentirnos identificados con este perfil descrito. Por ello, vivimos con la mosca detrás de la oreja: porque conocemos los textos magistrales de Don Don Mario Benedetti y… conocemos los riesgos.

Don Mario nos permite gozar y, además, crecer intelectualmente. Don Mario: Gracias por el fuego.

viernes, 14 de mayo de 2021

JORGE RANDO: EL RUISEÑOR HUMANISTA

Es todo un placer formar parte del grupo de poetas que participan en el Homenaje a Jorge Rando, en el libro "Homenaje a Jorge Rando", publicado por Jákara Editores.

En mi poema considero a Jorge un "ruiseñor humanista", pues no solamente es un creador, un ruiseñor que nos alegra la vida, sino... un verdadero humanista, cargado de valores positivos.

Es un honor.


 

Ruiseñor humanista

                                A Jorge Rando

 Es bueno un creador, incluso grande,

si alegra nuestros días

con obras valiosas,

ejerciendo de ruiseñor harperleeano.

No hay que exigir más a un creador

para reconocer su valía:

ser diligente ruiseñor, alegravidas.

Pero podría ir más lejos,

incluso,

aunque no lo exijan los Manuales de su Arte,

y dar más. Mucho más.

Y, en tal caso, su aura se agiganta.

Que los desastres de la guerra no emponzoñen el alma:

ser humanista y vivir entre la gente.

Malagueño en Málaga, africano en África, alemán en Alemania:

siempre extraño aunque siempre integrado,

como corresponde a un creador, cuando vale.

Universal por local. Local por universal.

Compartir. Enseñar. Ayudar.

Ser. Estar.

Nuestro ruiseñor, entonces,

como ser humano valioso.

Y le celebraremos no solamente por su obra:

será un imprescindible compañero de viaje.

Será, claro,

un ruiseñor humanista.

 

                               (Antonio J. Quesada. Poema inédito)


viernes, 9 de abril de 2021

QUIEN CANTA SU MAL ESPANTA

 Quien canta su mal espanta

y aquel que llora lo aumenta

yo canto por divertir

penillas que me atormentan.

martes, 16 de marzo de 2021

RELATO "LA LUZ DEL PATIO INTERIOR"

 https://refugiosrevistacul.wixsite.com/refugios/single-post/la-luz-del-patio-interior?fbclid=IwAR1ZXFGj1vko1bm1AaTXVakJzq0q4jj6z0xZgaz4qIpJO8NwQzjQHzeFXY4

 

 

 LA LUZ DEL PATIO INTERIOR

 Antonio J. Quesada

 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me fijé en la luz del patio interior. Ni cómo sucedió.

Sucedió y punto. “Sucedió y basta”, diría si quisiera emplear un italianismo que me agrada especialmente (pues gracias a él vienen a mi mente mis años en Roma, y eso siempre me hace feliz). Pero es así: no recuerdo cuándo fue la primera vez que me fijé en aquella luz.

 

**********

 

Estoy poco tiempo en casa. Estoy como de paso en mi propia casa, como estoy como de paso en mi propia vida. Tengo vocación de actor secundario. Ni siquiera soy eso que algunos críticos de cine llaman “un secundario de lujo”, no: yo soy uno más.

No me embarga la obsesión por convertir mi casa en mi castillo, como se atribuye a los ingleses. No dedico atención a decoraciones, vecindades ni demás temas razonablemente prescindibles, ni dentro ni fuera de casa. Mi intendencia es perfecta si en casa está todo más o menos limpio (un mínimo nivel) y más o menos ordenado (otro mínimo nivel). Lo suficiente para que yo no tenga que pensar en ello y pueda estar dedicado a mis cosas. Me sucede como con el dinero: quiero el suficiente como para no tener que pensar en él, y ya está. Prefiero otros objetos, antes que esos papelillos de colores y esas monedas tan deseados en todas partes.

Estoy casi deshabitado.

Pero, desde que reparé en aquella luz, nunca dejaba de mirar, cada vez que me acercaba a mi ventana a deshoras. Para comprobar si estaba o no encendida.

 

**********

 

Me asomaba al patio interior de madrugada. Jamás miraba, desde mi lavadero, a una hora de esas que la gente normal considera una hora normal: lo hacía siempre durante la sesión de insomnio de la noche que tocara, como para intentar encontrar alguna luz que quebrara la hegemónica negritud que lo inundaba todo. Y la encontré: tercera planta, en diagonal. Generalmente la luz estaba encendida y, no sé por qué, ver aquella luz encendida me hacía sentir acompañado a aquellas extrañas horas de la noche. Es absurdo pero, cuando la encontraba encendida (casi siempre, por extraña que fuese la hora), me sentía menos solo.

Tenía la seguridad (sin que existiera prueba alguna que me avalara) de que en ese piso debía vivir alguien con la vida rota.

Tenía la seguridad (sin que existiera prueba alguna que me avalara) de que en ese piso también debía vivir alguien con la vida rota.

 

**********

 

No existe la felicidad, lo tengo claro. Existen momentos felices, también lo tengo claro. Me parece que tengo claras demasiadas cuestiones, por lo que veo (curioso: antes no era así). O, al menos, algunas cuestiones importantes. Nunca pensé que pudiera tener tantas certezas, ya que soy el rey de las dudas.

Para algo debe servir ir cumpliendo años laboriosamente, e ir sobreviviendo a esto y a aquello, claro. No solamente sirve para que suban el colesterol y el azúcar y, como te descuides, la vida te practique una colonoscopia a traición. No. Si no eres un zote, algo aprenderás, después de tantos años.

“Después de tantos años… el desencanto”, como escribí alguna vez en un olvidado poema con inevitable sabor paneriano.

 

**********

 

Aquella noche estaba apagada la luz. Eran las cuatro y pico de la madrugada, hora muy razonable para estos menesteres de mirar el patio interior. Me levanté a sobrellevar mis moscas sartreanas, como tantas otras veces, y entré en la cocina, a comprobar no sé qué. Pasé al lavadero y miré, para ver si mi luz cómplice estaba encendida. No. No lo estaba. Me sentí solo.

Encendí el televisor, para disfrutar de algún programa intelectual o de deportes, de esos que miro a deshoras. Poco después volví a la cocina y… la luz ya estaba encendida. Me sentí acompañado. Ahora, sí.

Aquella noche no volví a mirar por mi ventana. No quería asumir que pudiera estar la luz apagada, nuevamente. No quería tentar al destino.

 

**********

 

A veces había ropa tendida, en las cuerdas. Jamás supe quién la tendía. Todo lo que rodeara a esta ventana era un gran misterio. Simplemente la luz era real. La luz.

Y cómo me acompañaba, esa luz, durante las madrugadas.

 

**********

 

En cierta ocasión estaba la luz encendida y, obviamente, me sentí muy feliz. De repente, se acercó una sombra a la ventana. Alguien se iba a asomar, inevitablemente. Supongo que era algo que debía suceder de vez en cuando. Rápidamente, me fui. No quería asumir el riesgo de convertirme en estatua de sal.

Nunca vi a nadie allí asomado. Jamás. Jamás supe quién habitaba aquella vivienda. De vez en cuando había ropa tendida, sí, pero… nunca vi a persona alguna. Jamás.

Quizás no hubiera podido soportar la escena. Nunca tuve curiosidad por saber quién tenía, también, la vida destrozada. Yo solo ya soy multitud.

 

**********

 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me fijé en la luz del patio interior. Ni cómo sucedió.

Pero… me agrada saber que existe.