https://refugiosrevistacul.wixsite.com/refugios/single-post/la-luz-del-patio-interior?fbclid=IwAR1ZXFGj1vko1bm1AaTXVakJzq0q4jj6z0xZgaz4qIpJO8NwQzjQHzeFXY4
LA LUZ DEL PATIO INTERIOR
Antonio J. Quesada
No recuerdo
cuándo fue la primera vez que me fijé en la luz del patio interior. Ni cómo
sucedió.
Sucedió y punto.
“Sucedió y basta”, diría si quisiera emplear un italianismo que me agrada
especialmente (pues gracias a él vienen a mi mente mis años en Roma, y eso
siempre me hace feliz). Pero es así: no recuerdo cuándo fue la primera vez que
me fijé en aquella luz.
**********
Estoy poco tiempo
en casa. Estoy como de paso en mi propia casa, como estoy como de paso en mi propia
vida. Tengo vocación de actor secundario. Ni siquiera soy eso que algunos
críticos de cine llaman “un secundario de lujo”, no: yo soy uno más.
No me embarga la
obsesión por convertir mi casa en mi castillo, como se atribuye a los ingleses.
No dedico atención a decoraciones, vecindades ni demás temas razonablemente prescindibles,
ni dentro ni fuera de casa. Mi intendencia es perfecta si en casa está todo más
o menos limpio (un mínimo nivel) y más o menos ordenado (otro mínimo nivel). Lo
suficiente para que yo no tenga que pensar en ello y pueda estar dedicado a mis
cosas. Me sucede como con el dinero: quiero el suficiente como para no tener
que pensar en él, y ya está. Prefiero otros objetos, antes que esos papelillos
de colores y esas monedas tan deseados en todas partes.
Estoy casi
deshabitado.
Pero, desde que reparé
en aquella luz, nunca dejaba de mirar, cada vez que me acercaba a mi ventana a
deshoras. Para comprobar si estaba o no encendida.
**********
Me asomaba al
patio interior de madrugada. Jamás miraba, desde mi lavadero, a una hora de
esas que la gente normal considera una hora normal: lo hacía siempre durante la
sesión de insomnio de la noche que tocara, como para intentar encontrar alguna
luz que quebrara la hegemónica negritud que lo inundaba todo. Y la encontré:
tercera planta, en diagonal. Generalmente la luz estaba encendida y, no sé por
qué, ver aquella luz encendida me hacía sentir acompañado a aquellas extrañas horas
de la noche. Es absurdo pero, cuando la encontraba encendida (casi siempre, por
extraña que fuese la hora), me sentía menos solo.
Tenía la
seguridad (sin que existiera prueba alguna que me avalara) de que en ese piso
debía vivir alguien con la vida rota.
Tenía la
seguridad (sin que existiera prueba alguna que me avalara) de que en ese piso
también debía vivir alguien con la vida rota.
**********
No existe la
felicidad, lo tengo claro. Existen momentos felices, también lo tengo claro. Me
parece que tengo claras demasiadas cuestiones, por lo que veo (curioso: antes
no era así). O, al menos, algunas cuestiones importantes. Nunca pensé que
pudiera tener tantas certezas, ya que soy el rey de las dudas.
Para algo debe
servir ir cumpliendo años laboriosamente, e ir sobreviviendo a esto y a aquello,
claro. No solamente sirve para que suban el colesterol y el azúcar y, como te
descuides, la vida te practique una colonoscopia a traición. No. Si no eres un
zote, algo aprenderás, después de tantos años.
“Después de
tantos años… el desencanto”, como escribí alguna vez en un olvidado poema con
inevitable sabor paneriano.
**********
Aquella noche estaba
apagada la luz. Eran las cuatro y pico de la madrugada, hora muy razonable para
estos menesteres de mirar el patio interior. Me levanté a sobrellevar mis
moscas sartreanas, como tantas otras veces, y entré en la cocina, a comprobar
no sé qué. Pasé al lavadero y miré, para ver si mi luz cómplice estaba
encendida. No. No lo estaba. Me sentí solo.
Encendí el
televisor, para disfrutar de algún programa intelectual o de deportes, de esos
que miro a deshoras. Poco después volví a la cocina y… la luz ya estaba
encendida. Me sentí acompañado. Ahora, sí.
Aquella noche no
volví a mirar por mi ventana. No quería asumir que pudiera estar la luz apagada,
nuevamente. No quería tentar al destino.
**********
A veces había ropa
tendida, en las cuerdas. Jamás supe quién la tendía. Todo lo que rodeara a esta
ventana era un gran misterio. Simplemente la luz era real. La luz.
Y cómo me
acompañaba, esa luz, durante las madrugadas.
**********
En cierta
ocasión estaba la luz encendida y, obviamente, me sentí muy feliz. De repente,
se acercó una sombra a la ventana. Alguien se iba a asomar, inevitablemente.
Supongo que era algo que debía suceder de vez en cuando. Rápidamente, me fui.
No quería asumir el riesgo de convertirme en estatua de sal.
Nunca vi a nadie
allí asomado. Jamás. Jamás supe quién habitaba aquella vivienda. De vez en
cuando había ropa tendida, sí, pero… nunca vi a persona alguna. Jamás.
Quizás no
hubiera podido soportar la escena. Nunca tuve curiosidad por saber quién tenía,
también, la vida destrozada. Yo solo ya soy multitud.
**********
No recuerdo
cuándo fue la primera vez que me fijé en la luz del patio interior. Ni cómo
sucedió.
Pero… me agrada
saber que existe.