La partida
Lo sé:
llegará el día
en que guarde
mis cosas
en una pequeña maleta
y parta.
Mi carta de identidad
(en el fondo,
para el Estado
somos un número
terminado en letra),
algunos libros imperfectos
que escribí,
algunos libros perfectos
que leí
(Kavafis, Wilde
y algún otro),
y tu foto,
para no marcharme
totalmente solo.
Cerraré con llave
e iré a la estación de trenes.
Miraré por última vez
mi ciudad
y marcharé.
Y volveré a
comenzar
en algún sitio,
lejos de todo
y de todos.
(Antonio J. Quesada: "Desde el otro lado del espejo")
viernes, 18 de mayo de 2018
jueves, 10 de mayo de 2018
INTRODUCCIÓN A "BLOC DE NOTAS POÉTICAS", DE FRANCISCO MIGUEL LÓPEZ JIMÉNEZ
INTRODUCCIÓN
La publicación
de un libro de poesía es, de entrada, una buena noticia. Basta con mirar hacia
los lados para concluir que la armonía y la belleza no suelen ser nuestras
compañeras de viaje, en condiciones normales, durante nuestro trayecto por este
planeta mal llamado “mundo”. Por tanto, el primer sentimiento ante esta bella anomalía
que tiene entre manos, amable lector, debe ser de alegría.
Cuando el libro
es fruto de la actividad poética de un creador con la trayectoria de Francisco
Miguel López Jiménez la alegría es todavía mayor. Francisco Miguel es un
creador que nos ha regalado obras de diferente tipo, y hoy presenta un nuevo
texto poético. Francisco Miguel no es un jovencito deseoso de publicar sus
primeros poemas, sino un creador maduro que sabe que los textos deben ser
escritos pero, además, deben reposar el tiempo necesario. Y eso es lo que
sucede con bastantes de los textos recopilados en este libro, con casi treinta
años a la espalda, en algunos casos (pienso en “Intérprete”, “El vuelo de una
gaviota” o “Donde habitan gaviotas”, por ejemplo). Me atrae este hecho y quiero
destacarlo: desde mi personal punto de vista, los textos deben ser escritos y
deben reposar, dormir un tiempo, para tomar su verdadero cuerpo o no tomarlo
nunca (y, en tal caso, es mejor dejarlos en aquel cajón, que todos los
creadores conocemos, “donde habite el olvido”). El creador principiante (por
edad o por espíritu) suele desear que hasta el último suspiro que sale de su
pluma sea conocido por todas las esquinas de este planeta más o menos redondo,
y eso no es bueno. Pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra:
esta convicción se asume con el tiempo. Francisco Miguel demuestra en esta
cuestión una madurez como creador digna de ser destacada.
Al iniciar la
lectura del texto, el lector se encuentra con que dicho texto es una suerte de
diario, referido a personas, cuya intención se explica en las palabras
iniciales del propio autor. Estamos ante una especie de álbum de fotos poético,
y eso puede ser un arma de doble filo. Por una parte, que un creador, un Dios
en todo caso (que crea desde la Nada, como hizo Dios, según nos han contado
siempre), generalmente un egocéntrico, un narciso, se acuerde de otras personas
que no son él es ya un gran paso (“yo, yo, yo, yo, considero, estimo, ya he
dejado por escrito…”: ¿acaso no les suenan esas frases en boca de más de un
poeta o intelectual?). Francisco Miguel dedica atención a otras personas, es
generoso: ¿se le puede pedir más a Dios? Sin duda es consciente, como él mismo
incluye en dos de los poemas (“Tras el vacío de la muerte”, dedicado a Miguel
Gómez, y “Desde ayer hasta mañana”, dedicado a “Carlos Mayorga, in memoriam”),
de que “no es la muerte quien nos muere / es el olvido quien nos mata”. Generoso
Poeta, que no quiere olvidar a estas personas que encontró por el camino y que
le han marcado.
Aunque, por otra
parte, la vertiente negativa para el lector es que dicho lector puede perder elementos
de interpretación a la hora de enfrentarse a la lectura de cada poema, pues si
no conoce a la persona a la que se dedica el texto o la complicidad o anécdota
subyacentes, la interpretación de ese texto puede resultarle más compleja.
Merece la pena
asumir ese riesgo (presente en todo caso, por otra parte): la lectura de este
“Bloc de notas poéticas” es agradable, amena y creativa, y como generalmente
los homenajeados son personas del mundo de la cultura (no todos, pero por aquí
tenemos a personas conocidas y queridas como Adela Campos Montañez, Juan Carlos
Martínez Manzano, Fernando de Villena, Isabel Romero, Inés María Guzmán,
Antonio Romero Márquez, Miguel Gómez o Salvador López Becerra, entre otros), el
imaginario puede ser más próximo al lector. En todo caso no siempre es así,
pues Francisco Miguel dedica sus versos a quien con él va, porque seguramente
él no canta su canción sino a quien con él va. Y hace bien. Pertenezca al mundo
creativo o no. Sea conocido o no lo sea. El poeta no se fija en dichos
accidentes del camino, y hace muy bien.
La lectura, por
tanto, se convierte en una delicia, en un camino que vamos haciendo con
Francisco Miguel y en el que el poeta dedica la palabra exacta a cada compañero
de este viaje. A cada uno según su relación. Suena como a máxima jurídica, con
la solidez de un principio justinianeo, pero no deja de ser una metodología
práctica que resulta agradable para un lector que modula en cada poema ese
trasfondo personal subyacente.
No debo
extenderme más. De un libro de poesía hablan sus poemas, no el texto previo:
conocí a una sabia profesora de Literatura que, cuando leía un libro por
primera vez, siempre y en todo caso lo hacía obviando las posibles
introducciones, prólogos o como se llamase a aquellas páginas que alguien
colocaba por delante del libro. “Para no sufrir interferencias”, me decía.
No sé si es
correcto o no, pero sí soy un convencido de que estos textos introductorios no
deben eclipsar al verdadero rey de esta fiesta, que es el libro en sí. El
conjunto de poemas de Francisco Miguel. Siempre lo tengo muy en cuenta: si
algún día me convierto en el “hombre del tiempo” jamás se me ocurrirá tapar el
mapa a los televidentes durante mis explicaciones. Yo soy un simple introductor,
que como mucho hará más fácil entender ese mapa. Pero lo importante, aquí, es
el mapa.
Lo importante,
aquí, es el bello texto de Francisco Miguel. No lo demoren más: adéntrense
inmediatamente. Merece la pena.
Antonio J. Quesada
(Málaga, Navidades de 2015)
sábado, 5 de mayo de 2018
TODOS EN MI CONTRA
Todos en mi contra
Decidieron acabar conmigo,
y cada uno tenía sus motivos para
hacerlo.
Unos por simpático,
otros por antipático;
unos por inteligente,
otros por torpe;
unos por creído,
otros por modesto;
unos por progresista,
otros por conservador;
unos por ángel,
otros por demonio,
resultó que todos tenían motivos
para eliminarme.
El caso es que,
todos de acuerdo,
acabaron conmigo
no se sabe exactamente en nombre de
qué.
(Antonio J. Quesada; del libro “Desde el otro lado del
espejo”)sábado, 28 de abril de 2018
SOLDADOS
Soldados
He guerreado durante bastantes
años.
Los suficientes para saber que
es imposible distinguir
a los jefes enemigos
de los jefes propios.
de los jefes propios.
Hasta en los colores de los
uniformes se parecen.
Gestos, actitudes, todo eso.
Y en las condecoraciones (sus
respectivas chatarras son intercambiables;
también los pechos viriles y las
medallas al valor).
Forman una única carne,
una casta fabricada
para mandar a la muerte
a desgraciados como yo
o ése que tengo enfrente, con
parecido uniforme al mío,
apuntándome.
(Antonio J. Quesada: de "Cuaderno poético del bolchevique sentimental")
jueves, 5 de abril de 2018
LEOPOLDO MARÍA PANERO SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Columna publicada en El Faro Astorgano el martes 3 de abril de 2018.
LEOPOLDO MARÍA PANERO SÍ TIENE QUIEN
LE ESCRIBA
Antonio J. Quesada
Profesor de Derecho Civil
Universidad de Málaga
El pasado 5 de marzo se
cumplieron cuatro años de la muerte del poeta Leopoldo María Panero. El poeta
maldito canónico del Siglo XX español (o el “raro”, antes que maldito, como le
calificaría su biógrafo, Benito Fernández), superó todas las profecías que auguraban
una temprana muerte y sobrevivió bastante más tiempo del que algunos vaticinaban.
Pero su muerte, en 2014, no terminó con los problemas en torno a su figura,
sino que ahora, tras su fallecimiento, quedaba por ver qué sucedía con sus
cenizas, con sus pertenencias y con una posible masa hereditaria, en su caso.
Leopoldo María Panero fue polémico incluso después de muerto, como sucede con los
grandes personajes de la Historia. La familia por un lado, el sanatorio por el
otro, parece que el hospital no daba su brazo a torcer ante los familiares del
poeta, como parece lo natural. En 2016, en una anécdota muy española, se le nombró
Hijo Adoptivo de Las Palmas, dos años después de haber fallecido. España es un
país que suele maltratar a sus creadores en vida, pero que al morir les levanta
estatuas, les dedica calles y discursos y les condecora con música de orquesta,
y volvemos a lo que ya conocemos desde hace tanto, gracias a Juan Luis: “Y años después canonizado en revistas y libros / (excepto
la alusión de Macrí), números de homenaje / y las calles de Leopoldo Panero / y
las lápidas de Leopoldo Panero / y el premio Leopoldo Panero / y el colegio
Leopoldo Panero / y tu efigie entre otras ilustres / en los muros solemnes del
Ateneo / y por fin esta estatua de Leopoldo
Panero / que contemplo en un helado atardecer / mientras llueve a lo lejos
sobre el Teleno”.
Judicialmente
se debía aclarar el tema de los herederos, y de entrada era realmente difícil
que existiera descendiente alguno, cuando nos encontrábamos ante un fin de raza
como el que se vaticinaba en “El desencanto”. El poeta tuvo que someterse,
después de muerto, a un proceso con ribetes kafkianos (pero sin la ayuda de
Orson Welles), en el que la autoridad judicial, en primera instancia, no tenía
clara la muerte de Felicidad Blanc y, sin pruebas ni gaitas, puso punto y final
al proceso. Debía de ser la única persona en España que no había visto “Después
de tantos años”, aquella película de Ricardo Franco no menos mítica que la de
Chávarri, sobre los hermanos Panero. Fue algo parecido a lo que sucedió a
Baltasar Garzón, cuando solicitó la declaración de fallecimiento del General
Franco, quizás porque fue el único español que no escuchó a un lloroso Arias
Navarro en televisión.
La Audiencia Provincial
de Las Palmas, en segunda instancia, puso orden, declarando herederos a sus
primos, capitaneados por la infatigable Charo Alonso Panero, que tan gran labor
realiza junto a su esposo, el poeta y profesor Javier de la Rosa, a cargo de la
Cátedra Leopoldo Panero. Por fin. Después de tantos años y de tanto desencanto.
Por fin.
Tengo el placer de
conocer a la mayoría de esos primos (el pasado año falleció Marisa, nuestra
querida Marisa) y me consta que la sucesión de Leopoldo María está en buenas
manos. En manos que le quieren. En las que tiene que estar, guste o no al resto
del mundo, empezando por mí y terminando por quien quiera, que no teníamos
lazos de parentesco con Leopoldo María, por más que le admirásemos.
Algunos diarios
anuncian la intención de los herederos de enterrar a Leopoldo María en Astorga,
en el coqueto cementerio en que ya descansan su padre Leopoldo, su tío Juan, su
hermano Michi y su prima Marisa, entre otros familiares. Y hay quien, desde fuera,
juzga y considera que eso de enterrarlo allí es bueno, regular o malo
(evidentemente, si alguien se pronuncia es para criticar la decisión). Como si
esa decisión correspondiera a alguien que no fuera a esos herederos. Como si
los demás tuviésemos voz y voto en tan íntima decisión.
“Pagar mis deudas y
enterrar a mis muertos”, se proponía como plan de vida Pepe Carvalho, y siempre
que intercalemos gozar de los placeres de la vida, me parece una política muy
sensata. Dejemos a la familia que decida conforme considere oportuno y sigamos
leyendo y disfrutando con las obras de tan exquisito creador. Pero, como firmo
este artículo, ejerceré de entrometido que se atribuye voz y voto: conociendo
como conozco a los herederos y a Astorga, me parece la mejor decisión.
Leopoldo María Panero
sí tiene quien le proteja. Leopoldo María Panero sí tiene quien le escriba.
domingo, 1 de abril de 2018
L AÑOS DE LOS NOVÍSIMOS
http://www.elmundo.es/papel/cultura/2018/04/01/5abf66d1ca4741aa4d8b45b7.html
jueves, 29 de marzo de 2018
UN TRABAJO RECUPERADO SOBRE PASOLINI
Hace tiempo escribí un texto sobre Pasolini y su cine aparentemente menor.
PASOLINI Y SU... ¿CINE MENOR ?
Antonio J. Quesada
Nuevamente vuelvo con Pasolini debajo del brazo. No puede ser de otro
modo, ya que es uno de mis referentes éticos y estéticos y termina
entrando por la puerta, por la ventana o por la alcantarilla. Y hoy no
vengo a reivindicar al Pasolini narrador y poeta, al que tanto admiro, o
al Pasolini polemista, que tan sugerente me resulta siempre (aunque no
coincida con sus posturas y, a ratos, incluso me irrite), sino al
Pasolini cineasta. Al regista. Posiblemente el más conocido.
Me dejo hoy de recordar “Poesia a Casarsa”, “Ragazzi di vita” (Premio
Colombi-Guidotti, 1955), “Una vita violenta” (Premio Crotone, 1959),
“Poesia in forma di rosa”, “Le ceneri di Gramsci” (Premio Viareggio,
1957) o su póstuma “Petrolio”, entre tantas otras. Tampoco sus trabajos
como opinador polemista, removiendo las consciencias sociales (“Le belle
bandiere”, “Il caos” o “Lettere luterane”). Hoy no toca todo eso,
aunque todos estos trabajos me hayan servido para formarme como soy,
para disfrutar más de Roma y sentirme tratado como un lector y un
ciudadano inteligente.
No. Hoy vamos a centrarnos en su cine, pero tampoco en todo su cine,
pues sería muy largo de describir. Todos disfrutamos con aquella
tragedia subproletaria romana llamada “Accattone”, con ese emerger
pequeño-burgués de “Mamma Roma”, encarnado en la siempre genial Anna
Magnani (alguna vez escribí que “La Magnani es esa bellísima fea que nos
recuerda quiénes somos de verdad, aunque a lo mejor no nos guste
reconocernos”), con su personal visión del “Vangelo”, con esa emergencia
del Tercer Mundo que comienza ya en “Uccellacci e uccellini”, con la
influencia chaplinesca en “La terra vista dalla luna”, con los trabajos
míticos algo autobiográficos (Edipo, Medea), con la enfermedad burguesa
de “Teorema”, la obediencia de “Porcile”, la masacre de “Saló o los 120
días de Sodoma”, o la “Trilogia della vita”, auténtico cine contra el
Palacio (“El Decamerón”, “Los cuentos de Canterbury” y “Las mil y una
noches”). No nos encaminaremos por ahí hoy. Tampoco por sus trabajos
sobre el tercer mundo (Sopraluoghi in Palestina, 1963-4, Appunti per un film sull’India, 1967-8, Appunti per un’Orestiade africana, 1968-1973 e Il padre selvaggio, 1962-1970).
Ya en parte tratamos algo estos temas: en su día, por ejemplo,
creímos encontrar el hilo conductor entre sus dos primeras novelas,
“Ragazzi di vita” y “Una vita violenta”, y sus dos primeras películas,
“Accattone” y “Mamma Roma”, pero hoy vamos a otra cosa. Hoy quiero
dedicar mi atención a piezas consideradas menores dentro de la obra de
PPP. Tampoco vamos a realizar un estudio científico de estos trabajos,
pero sí plantearnos si, realmente, merecen pasar tan desapercibidos en
la obra de Pasolini como son tratados. Intuimos que no.
- “La ricotta” (1963). La narración de la tragedia personal del
subproletario romano Stracci, ese buen ladrón, nos llega al alma. Los
perros de los poderosos devoran la comida de los que nada tienen, y
éstos deben reinventar el mundo cada mañana y ganarse el pan cada día,
porque esa costumbre de comer aprieta varias veces al día. En este caso,
el pan es requesón (es “la ricotta”). El desarreglo alimenticio lleva
al protagonista a morir en la cruz, inocente, rodando una escena de
crucifixión que resultó demasiado real. En el film, además de
interesantes inquietudes pictóricas, hay cierto elemento autobiográfico,
plasmados en los versos de las “Poesia mondane”, después recopiladas en
“Poesía en forma de rosa”. Y, ante todo, está Orson Welles, ese genio,
haciendo de director de cine (¿de Pasolini?) y recitando los versos de
PPP. ¿Un trabajo tan filosófico (que nos induce a meditar sobre tantas
cuestiones esenciales), pleno de poesía pasoliniana, con la intervención
de Orson Welles y con un mensaje metafísico tan presente merece ser
considerado una obra menor? Lo dudo mucho.
- “La rabbia” (1963) es un montaje de repertorios con imágenes reales
que van desde sucesos políticos de la época hasta Ava Gardner o Sofía
Loren, bellos animales femeninos que dan un toque frívolo a eso tan feo
de la política. La guerra, el racismo y el hambre se integran en la
sociedad neocapitalista, no son desorden sino orden, y el film fue
acusado de populismo y de “inclinación al lamento”. Allá cada cual: PPP
pretendió sabotear la normalidad, el conformismo de la mayoría de la
sociedad, y eso es muy interesante. Como siempre, PPP como centinela
moral. El film fue un fracaso completo, y está envuelto en la polémica
con Guareschi, la otra pata de esta mesa: el reaccionario creador de Don
Camilo presentaba la guerra desde una óptica de derechas, insoportable
para PPP (y posiblemente para cualquier alma mínimamente sensible).
Pero, ¿puede ser un fracaso un film donde, además de todo lo descrito,
la voz de la poesía es la del gran Giorgio Bassani y la voz oficial es
la del pintor Renato Guttuso? Como veremos, un hilo conductor la une a
“Comizi d’amore”, otra obra considerada menor.
.- “Comizi d’amore” (1963-1964), como “La rabbia”, con la que le une
un importante hilo conductor, también ha sido acusada de populismo y de
“inclinación al lamento”. Con ella PPP pretende darnos otro toque de
atención colectivo, en este caso mediante las investigaciones con
entrevistas y con los comentarios propios, de Moravia y de Musatti,
relativos a la sexualidad en la Italia de la época. El toque de atención
es más local y objetivamente más restringido. La gran duda: ¿qué es la
normalidad? Cuidado con este concepto, pues la prostitución, la
discriminación entre sexos y el desprecio a la diversidad aparecen como
normales, ahí es nada. La ignorancia escogida, la peor (tan religiosa), y
la ignorancia no escogida, la menos reprochable, se enseñorean con la
Italia de la época, matando la esperanza. Posiblemente, los rayos de
luz en este muro no contestaran a las preguntas de PPP. ¿Un trabajo de
esta envergadura puede considerarse un producto menor? Que le pregunten a
Moravia, ese genio. Poner a hablar de sexo a los italianos de la
puritana época no es poca cosa.
- “Che cosa sono le nuvole” (1967). En un pequeño teatro de títeres
de periferia, unas marionetas representan a Shakespeare, y en las pausas
se interrogan sobre el sentido de la vida y la verdad. Como a lo mejor
es la vida, que en sus curvas uno se detiene a pensar y repensar. En
esta obra se unen un trabajo juvenil de Pasolini (“I Turcs tal Friul”),
el repertorio típico de este tipo de teatros, Shakespeare, Paisà, Pinocchio,
Velázquez y Calderón. Intervienen los habituales Titò, Ninetto, Laura
Betti, etc. A pesar de ello, de la profunda reflexión calderoniana y de
la influencia de Foucault, pasó casi desapercibida. Con estos mimbres
literarios, artísticos y cinematográficos, ¿acaso no debe salir un buen
cesto?
- “La sequenza del fiore di carta” (1968-9). Riccetto-Ninetto, con su
amapola de papel, va saltando por una calle de Roma (¿la Via
Nazionale?) alegre, sin darse cuenta de la guerra y violencia que existe
por todos los sitios del planeta (por cierto, Ninetto, como siempre,
saltando alegremente). Las voces de Dios le invitan a tomar conciencia,
pero él sigue inocente. Y la inocencia, en este mundo, se paga, y muere
sujetando su flor. Existe un hilo conductor con “La ricotta”, por esa
inocencia que acaba en resultado fatal. ¿Un trabajo con tanto encanto
merece ser considerado una obra menor? Posiblemente en su duración lo
sea
En conclusión, estamos ante trabajos aparentemente menores, pero que
si les dedicamos un poco de atención e interés, a lo mejor nos
sorprenden: hay crítica, poesía, cine, creatividad... Sorprenden. A mí
me ha sucedido. No me atrevería a hablar de trabajos menores.
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