¿POR QUÉ ME
INTERESA “LA GRANDE BELLEZZA”, DE PAOLO SORRENTINO?
Antonio J. Quesada
Suelo ser relativamente lento a
la hora de integrar en mi panteón cinematográfico alguna película. Soy
consciente de mis defectos, y posiblemente esto sea un defecto (otro más…): mi
falta de reflejos cinematográficos. Es raro que alguna película recién salida del
horno pase al citado panteón personal, aunque me ha sucedido también, pues no
soy bicho tan increíblemente extraño. Me sucedió, por ejemplo, con dos
películas que reflejaban la vida de dos poetas, casualmente (¿casualmente?):
“Antes que anochezca”, sobre Reinaldo Arenas, y “El cónsul de Sodoma”, sobre
Jaime Gil de Biedma. Posiblemente no sean las mejores, desde el punto de vista técnico-cinematográfico, pero... el tema me llega y soy corazón de bolero.
Sin embargo, cuando leí las
primeras críticas sobre “La grande bellezza”, sabía que iba al panteón por
derecho propio inmediatamente. Como así fue. En este breve comentario, voluntariamente
subjetivo, quiero sistematizar las razones por las cuales estaba tan seguro de
ello: por qué estaba tan seguro de que “La grande bellezza” no me iba a fallar.
En primer lugar, es una película
de Paolo Sorrentino. Desde que le
conocí me pareció un director a tener en cuenta, un talento que desplegaba un
espectáculo creativo en cada obra que llevaba a cabo. La prueba del nueve: si
fue capaz de convertir la vida de Giulio Andreotti en un espectáculo de
fotografía, ritmo, buen hacer cinematográfico y amor a Roma (“Il divo”, esa
imprescindible película política), ¡qué no haría con un tema más creativo como
el que se atisbaba en “La grande bellezza”! Todo un seguro, la firma de Sorrentino.
En segundo lugar, la película trataba
sobre el proceso creativo de un autor
en particular crisis. Como creador me interesa el tema y mucho. Jep Gambardella
no decepciona al espectador (el actor que le da vida, Toni Servillo, hace una
interpretación espectacular, además). Un espectador interesado en el proceso
creativo no puede quedar impasible ante el problema de la página en blanco, la
esterilidad de la vida de sociedad, la parálisis ante la belleza suprema, la
fidelidad a uno mismo, la búsqueda de la perfección creativa, el diletantismo, la
ironía como mecanismo de supervivencia, etc.
En tercer lugar, la acción se
centra en Roma y, como amante de
Roma, no puedo dar de lado a mi oscuro objeto de deseo. Mirar y remirar la
película es volver a vivir bellos momentos romanos y girar en mi noria cultural.
Roma se convirtió para mí en una pasión vital, literaria, cinematográfica y
cultural, hasta el punto de tener que confesar mi fetichismo por esta ciudad (y
todo lo que implica: Belli, Trilussa, Moravia, Pasolini, Fellini, Scola, etc.).
Cuando el gran Mario Vargas Llosa publicó “Travesuras de la niña mala”, novela
algo menor pero en la que el Maestro tira de imaginario y de fondo de armario
creativo (y tiene para dar y regalar), la crítica le afeó que la aspiración
vital de uno de sus personajes fuese vivir en París, sin más. Esa parte no
desentonó, para mí, pues no me resultaba discutible: confieso sentir esa
aspiración con Roma (y puede que, a cierta distancia, con París misma), ¿cómo
no entender al personaje de Don Mario? Respirar el aire de Roma y dejarme
llevar, como hacía Gambardella en el film, es una tentación excesivamente
poderosa. Me encanta hacer el vago, lo confieso: quizás me disloca porque generalmente
no puedo hacerlo. No me dejan. Por eso, vegetar en Roma sería un sueño. Ser una
piedra más del Foro Imperial. ¿Cómo no entender a Gambardella, pese a su cargo
de conciencia?
Por otra parte, hay otras razones de aquí y de allá que
hacen que la película sea inolvidable para mí: el espectacular comienzo en el Fontanone del Gianicolo, vicino
l’Ambasciata spagnola. El derroche musical tan diverso y tan adecuado
puesto en escena por Lele Marchitelli a lo largo de toda la película. La
fotografía de Luca Bigazzi, insuperable (míticos paseos por el Tevere incluidos). Las frases lapidarias
de Jep y de otros intervinientes (Jep es una especie de Rick sin café en
Casablanca, un heredero de sí mismo cuyo personaje parece estar muy por encima de su breve
obra): lo siento por la escritora comprometida, que se lleva un inolvidable y
sistemático repaso que la coloca a los pies de los caballos. El sorprendente
personaje de Romano, interesante secundario incapaz de creer en sus virtudes
creadoras, y que protagoniza un monólogo exageradamente lúcido (ese exceso de lucidez le lleva a dejar el
escenario romano). La bellísima Ramona, Sabrina Ferilli, una obra de arte al
nivel de cualquier otra de cualquier palacio de Roma. Los nobles de pago, tan
romanos, y el amigo de las nobles, con las llaves de los palacios, porque era
de fiar. Los guiños a Fellini, ya que estamos ante un homenaje muy felliniano a
Roma (y a su modo de dirigir y organizar una película), aunque discrepo en algo
sobre la relación con Fellini: la profundidad de la crisis de Gambardella es
más propia de Antonioni que del Marcello de “La dolce vita”, con quien se ha
comparado hasta la náusea (y con bastante razón, aunque no con toda, desde mi
punto de vista). Es como más metafísica: Fellini jugaba a ser menos intelectual
y más director de circo, más mundano.
Y podría seguir, seguramente,
pero creo que quedan claras las razones por las que esta película puede
interesar a alguien con inquietudes creativas. A mí, por ejemplo, que soy el
creador que me pilla más cerca y el que firma estas líneas, razón de peso para
desnudarme en este texto que ahora concluyo.